Trump, o ¿el arte de la irracionalidad en el siglo de los apagones?

Trump no significa mucho: es un acto pasajero. Lo importante realmente es la obra, sobre todo, qué viene después, porque el mundo se ha vuelto tan loco que ahora sí que necesitamos a Nostradamus para que nos diga qué viene después.

Confieso que hace ya bastante tiempo me conquistó un enorme sentimiento de esperanza, aquella noche en que miles de jóvenes se subieron al muro de Berlín. Por entonces yo bebía (¿y me emborrachaba?) de la filosofía liberal -a la europea-, y aquella demostración espontánea de libertad y rebeldía en contra del comunismo se me antojaba como un nacimiento. Superada la Guerra Fría, creía yo, la humanidad podría solucionar todos sus males.

No hace falta decir que en aquel entonces apenas salía de la adolescencia y por lo tanto, pecaba de ingenuidad. Sencillamente, el comunismo a la soviética había fracasado en crear y construir un mundo nuevo, y no dudo que combatirlo se podía considerar una causa justa; pero de lejos era el único mal que afectaba a la humanidad. Al contrario, la derrota del comunismo desató un festival capitalista que nos ha llevado hasta el momento actual. Tras el fracaso del legado Reagan-Thatcher, las explicaciones sobran y la racionalidad estorba: ya no importa la verdad.

Ahora lo que se necesita, más allá de un buen argumento, es un buen punch-line que conquiste la adhesión de millones a través de la redes sociales… Bueno, se necesita una seguidilla de punch-lines, uno tras otro, para ni siquiera dejar pensar. Trump, que es un incompetente mental, se labra un buen número de seguidores a base de mentiras altisonantes. Pero, como ya he dicho, esto no acaba con Trump.

Si queremos un mundo mejor, que siempre ha sido un anhelo de la izquierda, no podemos permitirlos el lujo de dejar de pensar. Asumamos que la irracionalidad está del lado de los malos. Los buenos tenemos que seguir pensando, o estamos perdidos.

Ahí radica mi esperanza: todavía encuentro gente dispuesta a pensar. Como ha de ponerse en práctica en el futuro está por ver. La llamada cultura de la adhesión en la que vivimos no da para mucho, así que se impone un cambio en nuestras formas de interactuar.