La escasez y el dinero

abundancia

A primera vista parece beneficioso para la sociedad, para las personas que habitan nuestro territorio, elevar la producción, abaratar los productos, satisfacer más necesidades y más personas, aumentar el valor del dinero, y ganar en flexibilidad y, si se quiere, libertad. El mundo, sin embargo, no se nos presenta tan generoso.

Quizás nos estemos acercando a ese ideal -el potencial para vivir en la abundancia es real-, pero la historia económica de los seres humanos es la historia de una lucha contra la escasez, lo cual sin dudas ha influenciado nuestra forma de pensar: pensamos en la escasez aun en el capitalismo, el periodo de la historia humana más productivo.

Pongámonos en la piel de un capitalista. Poséemos una empresa y tenemos el propósito -tal vez- de hacerla crecer, queremos ayudar a nuestros clientes -para que nos compren ahora y en el futuro-, y además deseamos ganar dinero, todo esto en un mundo competitivo, que cambia constantemente, donde lo que tenemos hoy puede faltar mañana, un día tiene 24 horas, los trabajadores tienen que descansar, las máquinas se rompen, y el dinero en sí mismo no da para todo ni para todos. Hay que cuidarlo, sacarle el máximo fruto a la inversión, eliminar la competencia, ser racionales…

Sí, podemos pensar un mundo en el que nos coordinemos para llegar a ser tan libres que no necesitemos ya el dinero, donde utilizarlo sea tal vez más costoso que satisfacer nuestras necesidades gratuitamente, pero ese no puede ser un mundo capitalista: un mundo que, en ausencia de escasez, la crea.

Es verdad que a medida que producimos más, más vale nuestro dinero, pero no acostumbramos a medir la riqueza por cuántas cosas podemos adquirir en el mercado, ni cuanto tiempo libre disfrutamos a sabiendas de que nuestras necesidades están cubiertas. Medimos la riqueza por cuánto dinero tenemos acumulado, cuanto más mejor . Y 100 siempre son más que 50. Cuando un capitalista invierte 50 no espera comprar más con 50: busca obtener más de 50.

Nuestro capitalista piensa en lo suyo, y lo suyo no es lograr que todo el mundo satisfaga sus necesidades, ni siquiera que todo el mundo consuma el producto que él lleva al mercado, sino que al final las cuentas le den positivas aunque haya que detener la producción o tirar los productos ya hechos al mar. Nuestro capitalista vive en y de la escasez.

Los precios de los productos, en su sube y baja, nos ayudan a racionalizar los recursos escasos, muchos de los cuales tal vez realmente lo sean. Pero en el capitalismo esa no es la cuestión:  el beneficio, que no es más que un resultado de ese vivir y, por ende, pensar en la escasez, determina el mundo en que vivimos, y la perpetúa, créandose las condiciones para su permanente búsqueda.

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